La valiente lucha por la inclusión como forma de vida – .

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El día a día de las personas y sus rutinas están atravesadas por Música, canto de pájaros y silencios. quien tiene pérdida de la audición experimentar la incapacidad de escuchar sonidos que pueden impedir el desarrollo del habla, el lenguaje y la comunicación; sin embargo, no todos los casos son iguales. La historia de Carolina y Clarita está llena de ejemplos que demuestran que las posibilidades de desarrollo y de una vida plena son infinitas.

Carolina, Eugenia y Clara nacieron en un hogar donde la música era un ingrediente diario, la guitarra y los ensayos de grupos vocales eran una constante. Alfredo, fallecido hace unos años, tocaba la guitarra y cantaba en el coro mientras que Mausi, cantante, toca el oboe y se dedica desde hace años a la terapia Benenzon, que utiliza elementos corporales, sonoros y no verbales. El matrimonio, que siempre ha estado ligado a la música, encontró algunas dificultades tras conocer el diagnóstico de dos de sus hijas, pero optó por brindarles una educación tradicional con Eugenia, la segunda hija.

“Para Alfredo, mi esposo, la música era una de sus grandes pasiones. Y en mi caso, una vocación, que tomaría su matiz definitivo al entrar en contacto con pérdida de la audición. El impacto del primer diagnóstico (Carolina) fue muy, muy profundo… todo lo que disfrutamos tanto, no podíamos compartirlo con ella”, dijo Mausi Stahringer.

Toda la familia Grillo Stahringer

“Eso es lo que creíamos al principio… luego descubrimos avenidas inexploradas a través de las cuales creamos una maravillosa forma de comunicación. Sugiera sentir las vibraciones en la piel. Dibujando en el aire o en el papel el curso de las melodías, bailando las intensidades… que el silencio se puebla, muchos silencios”, agregó.

el silencio poblado

Carolina y Clara fueron diagnosticadas con pérdida de la audición, han culminado sus estudios universitarios y ambos se desempeñan profesionalmente haciendo lo que más les gusta, el primero es artista plástico y el menor es técnico en preparación física. Su educación primaria y secundaria se llevó a cabo en escuelas de gestión privada con compañeros que no tenían discapacidades. Esta decisión dio lugar a muchas experiencias relacionadas con las posibilidades o la preparación de las instituciones y quienes las integran y con la inclusión.

Paralelamente a sus estudios, realizaron cursos de logopedia donde, gracias a una serie de encuentros con profesionales especializados, pudieron adquirir herramientas precisas para trabajar el habla, diferenciar los sonidos de las palabras, la pronunciación e incluso la modulación.

Uno de los momentos clave en la vida de la familia fue cuando empezaron a usar audífonos, la decisión no fue fácil y aprender a escuchar implicó un proceso de cambios paulatinos que, en el caso de Clara, fue un poco más difícil porque su pérdida fue mucho más severo.

“Nunca dejamos de usar los audífonos, no nos gustaba mucho la idea de no escuchar y solo procesar lenguaje de señas, queríamos hablar, usar nuestra voz…”, explicó Carolina y agregó: “Claramente hay cositas que nos como la sordera, una de ellas es dormir sin escuchar sonido alguno, cuando queríamos desconectarnos, fácilmente apagábamos los audífonos y reinaba el silencio, que hasta el día de hoy nos da una gran paz”.

Una infancia marcada por la inclusión

Carolina ahora tiene 35 años y es artista visual, al recordar su infancia y las vicisitudes que tuvo que pasar, no puede evitar emocionarse. “Durante la educación primaria y secundaria, el camino fue largo y difícil, porque no había ni conocimiento ni experiencia. Tampoco podía confiar en los recursos y la capacitación que hay ahora. no había tantos inclusión e intención, las personas con discapacidad deben asistir a escuelas especiales y punto”, subrayó.

Cuando tenía 3 años, Carolina asistió al Instituto Integral del Niño Oyente (Einno), una institución para niños con discapacidad auditiva, pero cuando cumplió 5 años, la familia tomó la decisión de inscribirla en la escuela Compañía de María. “A lo largo de este camino en la escuela primaria, el apoyo de los maestros fue fundamental, porque estaban interesados ​​en ayudarme y aprender a comunicarse conmigo. Fui muy feliz, como decían, siempre estaba dispuesto a aprender lo que me enseñaran. ..”, él recordó.

El ingreso a la secundaria fue diferente debido a un cambio en la gestión escolar. “El nuevo gerente no estaba de acuerdo en que había inclusión en esta escuela”, dijo Carolina, y agregó que como resultado, la relación con los maestros se volvió difícil. “Mostraban indiferencia, lo que me dificultaba aprender y mis resultados escolares empezaron a bajar, por lo que tuve que dejar esta escuela”, contó.

Los últimos años de secundaria estuvieron atravesados ​​por diversas dificultades, desde el cambio de escuela hasta el miedo a la indiferencia. “Entré a una escuelita, San Bernardo de Claraval, tenía mucho miedo. No tenía una buena relación con mis compañeros pero sí con los profesores, situación que me facilitó terminar el bachillerato sin complicaciones”, recuerda. .

A los 18 años Carolina ingresa a la Facultad de Artes y Diseño de la Universidad Nacional de Cuyo y su vida da un giro importante, por un lado comienza a estudiar Artes Visuales, pasión que mantiene en la actualidad, y por otro del otro lado, el encuentro con un mundo inclusivo donde poder expresarse sin miedo.

“En este lugar aprendí el verdadero significado de la aceptación, fue una educación que facilitó la comunicación, poder hablar mejor y sin miedo al ridículo. Me he acercado a docentes dispuestos a mostrar interés en conocer más sobre la carrera”, dijo.

Los profesores que tuvo durante sus años universitarios siempre mostraron interés por conocer la cultura sorda y le brindaron herramientas para desarrollarse como profesional. Hace unos meses se graduó de la licenciatura en artes visuales y recibió un honor llamado “Elisa Norton Farmache” por el esfuerzo excepcional que ha realizado a lo largo de su carrera universitaria.

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Carolina es licenciada en artes visuales y recibió un premio por el esfuerzo excepcional que ha realizado a lo largo de su carrera universitaria.

“Los profesores fueron excelentes, me preguntaron cómo hablarme, cómo enseñarme, cómo explicarme mejor para tener una posible comprensión de las materias. Fue una relación de yo te ayudo, tú me ayudas… Por supuesto, la ayuda mutua entre amigos y compañeros estuvo presente durante todo el curso”, declaró.

La historia de Clara se parece a la de su hermana, a sus 30 años es la menor de las hermanas y la más reservada. Durante la pandemia completó sus estudios técnicos en preparación física en el Instituto de Educación Física (IEF) y se convirtió en la primera estudiante sorda en ingresar y egresar de este establecimiento. “Ce n’était pas facile parce que c’était une première pour tout le monde, mais j’espère que cette expérience a été utile pour quand des étudiants comme moi viennent”, a-t-il dit à propos de la relation avec les enseignants et les camarades de classe et a ajouté : “Il y avait des enseignants très exigeants, c’était difficile pour moi de suivre les matières et les cours mais aussi d’autres qui étaient intéressés à m’aider à comprendre comment fonctionne la preparación física”.

La relación con sus compañeros y profesores durante la educación primaria en el Colegio San Gabriel fue buena ya que no tuvo problemas de integración. “Creo que fue porque estaban aprendiendo y aprendiendo sobre diferentes discapacidades”, dijo.

“No fue fácil porque era la primera vez para todos, pero espero que esta experiencia haya sido útil cuando vengan alumnos como yo”, dijo sobre la relación con los profesores y compañeros.

Al recordar esa época de su vida, Clara explicó que siempre había sido una persona muy tranquila y reservada. “Tenía problemas para llevarme bien con mis compañeros y tampoco sentía la necesidad de aprender a escuchar porque me sentía cómoda como estaba…”, explicó.

Su experiencia en el bachillerato fue similar a la de su hermana Carolina, los profesores no modulaban bien al dictar, hablaban rápido y de espaldas mientras escribían en la pizarra. Estas acciones provocaron que se atrasara en las actividades escolares, y en varias ocasiones terminó copiando lo que su compañera escribía en el banco.

“A veces no me entendían cuando hablaba, me hacía sentir insegura y por eso participaba menos. El apoyo de mis compañeros siempre estuvo presente, me explicaron lo que no entendía y hasta me defendieron”, dijo.

Navegando miedos que abren nuevos mundos

La decisión de acceder a un implante no fue fácil para las hermanas, más allá de las ventajas y posibilidades que se vislumbraban con el uso de este elemento, el miedo y la incertidumbre ocuparon el frente del escenario.

“A los 18 años, un médico me dijo que era candidata para un implante coclear pero me negué porque no estaba lista y necesitaba más información sobre el tema. Años después comencé con los trámites para la obra social ya los 26 años me colocaron el primer implante coclear”, dijo Clara.

“Era como renacer y empezar a escuchar el sonido de los pájaros, el viento, el tacto de la ropa, la piel, el cabello, las risas, la diferencia entre las voces de un hombre y una mujer, las voces de los niños, un bebé y muchos más. …”, agregó visiblemente emocionada.

En el caso de Carolina, la decisión de colocarse el implante se basó en la experiencia de su hermana. “Las experiencias con el implante coclear fueron muy parecidas, al principio teníamos dudas y miedos. Fue un miedo muy grande al cambio que nos afectó porque es totalmente diferente al de un audífono”, dice Carolina.

“Era como renacer y comenzar a escuchar muchos sonidos desde cero que no podíamos captar con audífonos, sonidos como: pájaros, viento, avión, roce de ropa, piel, cabello, la risa, la diferencia entre macho y voces femeninas, voces infantiles, voces de bebés y muchas más…”, agregó visiblemente emocionada.

“Hoy se cumplen 35 años de aquel inicio. Los frutos son inmensamente más grandes de lo esperado. Siempre he creído que todo es posible cuando pones tu corazón en ello, de todo corazón. Muchas veces miro a mis tres hijas, sonrío y doy gracias por tantos tesoros recibidos… y sé y siento que desde el cielo, Alfredo nos mira, me mira, sonríe y me dice: misión cumplida”, concluyó. Mausí.

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