el libro de un interrogador – .

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Tapa del libro. Miguel Reyes es el presentador del podcast de entrevistas de larga duración llamado El Topo. El Topo, que ya cuenta con más de 50 capítulos y es uno de los más escuchados de su género en Colombia, abarca toda una gama de temas de los que los colombianos no suelen hablar con franqueza: Dios, sexo, reggaetón, duelo, religiones, familia. , soledad, silencio.

Foto cortesía

Mi abuela vivía en un departamento enorme y frío, tan frío que las paredes parecían cubiertas por una capa de hielo, en el quinto piso de un edificio de ladrillo rojo que estaba en peligro de derrumbarse desde la época del virreinato. Mi hermano y yo visitábamos regularmente a la noble anciana, a quien sin razón aparente apodamos la pipa. Aparecimos en los momentos menos oportunos -cuando el portero naufragaba sobre su pierna extendida en una siesta interminable-, subimos corriendo la escalera de caracol y caímos en este departamento con la furia terrible de un ciclón. Aquel torrente de emoción emanaba del hecho de que la casa de la abuela era para nosotros tan grande y seductora como el universo mismo, y el revés de la moneda también era cierto, porque el universo entero lo imaginábamos tan reducido y familiar como la casa de la abuela. No digo que éste encaje en éste: sino que no había distinción posible porque constituían una misma unidad. (Lea un perfil sobre la fallecida líder de derechos humanos Fabiola Lalinde, por Tomás Uprimny).

Una vez que terminaron los saludos formales, la abuela comenzó la búsqueda del tesoro. Mi hermano y yo comenzamos a correr como bolas de fuego, a la velocidad de dos bolas de fuego, empujándonos, dándonos codazos, uno haciendo tropezar al otro y el otro tirando de su camisa. La búsqueda estaba muerta. Nunca en mi vida he conocido una desolación como la que me subió a la espalda cuando vi a mi hermano encontrar, a veces debajo de la almohada de plumas, a veces detrás de todas las bailarinas de porcelana, y otras tantas en el bolsillo de la librea del viejo abuelo, el codiciado talismán. Mientras inspeccionábamos con lupa las más pequeñas grietas, la abuela escuchaba sus cantatas de Bach sentada en su sillón de terciopelo rojo, protegida por su reloj de cuco, con los ojos entrecerrados y tejiendo y destejiendo una ruana que nunca llegó a terminar, como si fuera también tejiendo y destejiendo el hilo de sus recuerdos.

Cuando alguien encontraba el botín, tenía que presentarse inmediatamente ante la abuela, quien entonces incurría en la ilegalidad de haber ido a juzgar. Después de escudriñar el objeto, la tubería sometió al vencedor a un severo interrogatorio. También fue, por supuesto, un interrogatorio delicioso. Debía uno narrarle dónde había encontrado el tesoro, cómo había llegado a ese paraje, de dónde había surgido la sospecha, las razones que habían cruzado por su mente, los miedos, los anhelos, las dudas y las vacilaciones, las frustraciones y los asombros: todo.

Ante este cuestionario, sentí que mis piernas temblaban de miedo y mi corazón temblaba de placer. Fue gracias a esta exquisita tortura que comprendí que uno podía ser el narrador de su propia vida, siempre que hiciera la pregunta precisa. Descubrí que la sabiduría de la abuela no estaba en sus respuestas, como pensaba, ni en su piel arrugada de iguana ni en su nariz puntiaguda de cacatúa, sino en la alquimia secreta con que forjaba sus preguntas.

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Desde entonces, esta lección me ha seguido como una segunda sombra. La recordaba especialmente la noche que me atraganté con los diálogos de Platón. Con el alma saltando en mi garganta, reconocí en Sócrates la misma manía que tenía mi abuela de preguntar, preguntar y preguntar. Años después, un sabio maestro puso en mis manos un extraño libro: El nuevo Testamento. Todavía lo encuentro extraño, pero porque es un libro excelente, y todo libro excelente es extraño. Me asombró que solo “escuchándolos y preguntándoles” el niño Jesús impresionó a los antiguos eruditos de la tribu, según el cronista Lucas. Más tarde, caminando junto a él por las catacumbas del infierno, me di cuenta de que la curiosidad de Dante era casi tan grande como la de mi abuela: interrogaba a todos los condenados que encontraba sobre su pasado terrenal. En definitiva, la lista es un poco más larga, no es fácil de agotar.

Este loco clan que comienza con Sócrates e incluye a mi abuela, que va desde la antigua Grecia hasta nuestra triste Colombia, encuentra en Miguel Reyes otro miembro feliz. Las extrañas páginas de este extraño libro son prueba del ingenio de Miguel para hacer preguntas y su capacidad para escuchar. Leyendo este puñado de entrevistas, que hoy reciben la condena y la fortuna de la página escrita, mis ojos sufrieron el asedio de un batallón de lágrimas: en los silencios de Miguel noto la misma paciencia de mi abuela madre, en sus dulces palabras percibo el mismo olor de su ternura.

Solo diré una cosa más: en un país maravilloso donde nadie escucha a nadie y donde todos responden a todos, aun cuando no haya ninguna pregunta en juego, es un bálsamo encontrar a un hombre dedicado por entero al arte de tejer y desenredar. la vida de sus entrevistados por el poder de sus preguntas bien planteadas, como la pipa tejiendo y destejiendo su corazón acurrucado en su sillón de terciopelo rojo, mientras sus dos nietos hijos perseguían hasta la locura, y sin saberlo, el verdadero tesoro de el universo: las preguntas de la abuela, las palabras de la abuela.

Nota: Por razones de transparencia, especifico que Miguel es un colega mío y participé en el proceso de edición del libro, que puedes comprar en el sitio web de La No Ficción.

* Periodista en La No Ficcion (@lanoficcion). Contactar: [email protected]

libro interrogador

 
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